Por Elba Pérez
Centro Cultural Recoleta, 1996


Nada es casual, nada es explícito en esta nueva proposición de Nora Correas; las obras de los últimos siete años dará razón de la anterior al tiempo que se proyecta –se interroga- sobre el futuro. No se trata, por lo tanto, de una retrospectiva sino de una introspección que descubre la hebra que la conducirá fuera del laberinto.

Aquí están sus obsesiones, las dudas, la angustia, las pesadillas y la esperanza urdidas en materiales nobles y cotidianos. Nora Correas resignifica cada una de ellas al volverlas materia de los sueños, amuleto protector, exvoto propiciatorio. Pero no la guía el revival arqueológico ni el voluntario primitivismo que desde la sofisticación invoca los gestos de un ritual remoto. La artista mendocina no es turista del misterio: lo habita, lo acepta en su incertidumbre.

Nos recuerda que hay un orden vulnerado; la alianza entre la naturaleza y el hombre. Todas las creencias se fundan en una conciliación –remota y perdida- entre ambos, pero esta armonía inverificable mantiene su acicate, imanta y sustenta su utopía personal, a lo que no renuncia.

El carácter polisémico de la obra de Nora Correas no alude la afirmación humanista. En esta certeza fundamenta los hitos que jalonan su búsqueda: la bidimensionalidad del tapiz, la progresiva conquista del espacio, la plenitud de la forma interna y externa en su aptitud metafórica y dialéctica.

Estos frutos de la vigilia llegaron al punto de madurez que exige ser compartidos. Con esta entrega no pretende dar respuesta sino alertarnos, despabilar la conciencia adormecida. Desde la obra de arte –cumplida, cabal, refinada- nos advierte sobre instancias vitales. Recuerda que la estética es cauce de la ética, mal que pese a la prescindencia de uso contemporáneo.

El carácter contingente y eterno de esta obra singular exige del público un esfuerzo análogo. Cada partícipe aportará su riqueza, su cúmulo de afirmaciones e incertidumbres. Sumará un corazón más, a los cincuenta que ya carga la nave: el nuevo peso la aligerará, salvándola de zozobrar. Porque este es el poder alquímico del arte, ducho en burlar las leyes terrenas cuando en la mira del arquero está el horizonte infinito.