Por María Negroni


“Todo tiene que penetrar en todo,
Que florecer y madurar en todo”

Novalis

De todos los símbolos que se han acuñado para representar a la poesía, la flor azul es, sin duda, uno de los más memorables. Novalis la soñó en 1799 en una novela autobiográfica y naturalmente inconclusa, cuando tenía 29 años, es decir un año antes de morir. “Bien lejos estoy de toda codicia. Lo que anhelo es ver la Flor Azul”, dice Enrique de Ofterdingen y, a partir de allí, se entrega a la búsqueda más difícil, la de esa conciencia que le cedería lo real absoluto, guiado por la convicción de que, en el misterioso arte de vivir, el aprendizaje –a la vez sencillo y dificilísimo- consiste en recordar algo que se ha olvidado.

No por nada, en la parábola que traza su bildungsroman, embebido de alquimia y otros saberes ocultos, uno de los maestros es minero. Ningún arte como la minería –dice Novalis.

“El minero nace pobre y muere pobre. El suyo es un oficio que enseña a ser paciente, a concentrarse en detectar el imperio del metal y sacarlo a la luz del día, sin distraerse en la posesión, porque la naturaleza no quiere ser propiedad exclusiva de uno solo y, cuando eso sucede, se convierte en un veneno mortal que ahuyenta la paz y atrae inquietudes y preocupaciones sin cuento”.

Especie de astrólogo al revés, el minero de Novalis baja infatigable a su oscuro taller, a ese laberinto de corredores y galerías sin fin, como quien abre una puerta secreta a la fábula de lo invisible para dar con un premio elusivo, incomparable, su propio metal interior.

Esfuerzo igualmente generoso alienta en el trabajo Nora Correas.

Cuando entré por primera vez en su taller hace ya algunos años, había dispuestas por el suelo varias formas cónicas, altas y de un azul luminoso, algunos mediomundos trenzados con telas anaranjadas y una serie de extrañas armaduras.

Quizá porque entonces yo escribía Islandia, me pareció que esa disposición trazaba en algún plano la espiral de una ciudad medieval, que algo en esas armaduras abiertas remontaba el mismo enigma que cantaban en el siglo X los escaldas nórdicos, acaso el coraje más arduo: la vulnerabilidad.

Supe de inmediato que sus armaduras-cavernas eran minas secretas, peligrosas, expuestas a la convivencia de lo disímil, sedientas de esa convivencia, que había allí una exploración incansable de texturas, materiales, colores a fin de disolver la falsa oposición de los contrarios, celebrar un corazón a la intemperie.

Con el tiempo, he visto surgir nuevas formas o vi cosas que antes no había sabido escuchar. Las escaleras, siempre frágiles y sin apoyatura, que recuerdan esa escalera entre dos cielos que pintó Giorgia O’Keefe. Las serpientes que, en la sabiduría gnóstica, sostienen en curso circular de la eternidad. El oro alquímico, capaz de traer consigo la liberación del alma pero también los oprobios y la miseria de los seres.

Las hormigas del deseo del pequeño ego y las fotografías del porvenir. La maravilla de los linga, descubiertos en la Ciudad de las Ciudades, donde se unen en perfecto equilibrio los aspectos femeninos y masculinos de Shiva. Variaciones de un imaginario siempre en estado de asombro, de meticulosa atención a los fenómenos de su época, como toda obra sumida en la contemplación de lo escondido.

La flor azul ha aparecido también. Y, con ella, el perfil en sombras de Novalis, y la abrupta promesa del mundo. Acaso porque el tiempo es el despliegue aparentemente lineal de lo que ya era o porque el arte aspira siempre a conseguir las más lúcidas intuiciones del alma y la flor azul es una de ellas.

Allí está, en la interpretación de Nora Correas, deslumbrante y amenazada, como para recordarnos que el gran misterio se ha revelado a todos y, sin embargo, permanecerá insondable siempre, como esa extraña arquitectura que es la vida, que acaso haya venido de Oriente como el sol, para que intentemos con ella la Gran Obra, la que hace coincidir la contemplación interior con lo real y el instante desnudo de la luz con la más absoluta flor de la noche.