Por Jorge López Anaya
La Nación, 20 de agosto de 1988


La séptima versión del Salón Nacional de Arte Textil, de carácter bienal, está dominada por la presencia de la escultura de fibras de Nora Correas, una obra verdaderamente autónoma en su género e inconfundible.

Por otro lado es notable la cantidad de envíos de realizadores que, tras las variadas vías que afectaron al arte de la fibra desde su liberación del telar, actúan con un criterio menos “formativo” y “significante” que con recursos fatigosamente repetidos, sin la precisa voluntad de definir un programa estético.

Este es un momento peligroso del arte textil. En las obras expuestas se advierte la ausencia de una afirmación estética de la unidad de forma y contenido. Pocos atienden al juego auténtico de las correspondencias entre el tema y el medio, entre el pensamiento, los procesos expresivos y los materiales que operan como soporte.

El arte textil corre el riesgo de recrear la trivialidad de los academicismos, no por sus escenas banales, sino por los peligrosos mimetismos de las imágenes de tendencias pictóricas pretéritas, la materialidad de algunas, las “acumulaciones”, las ideas pseudo conceptuales de otras.

Lamentablemente las aproximaciones a las nuevas posibilidades del arte textil, las vías abiertas con la inclusión de los materiales sintéticos, la madera, el papel –industrial o artesanal- no parecen haber sido comprendidas por la mayor parte de los expositores.

Algo similar sucede con las obras “murales”, algunas de las cuales no pasan de ser ingenuos cartones que no justifican su transposición al lenguaje textil.

Es indudable que el jurado actuó con destacado criterio otorgando el Gran Premio de Honor a Nora Correas por su obra No está muerto quien pelea. En este sentido obtuvo los votos afirmativos de Azucena Miralles, Ana Tarsia, Miguel Dávila y Bengt Oldenburg; el arquitecto Samuel Oliver votó para que el premio fuera declarado desierto.

La obra de Nora Correas, es una enorme estructura de tres metros por lado, realizada con una particular técnica que reúne tejidos y fibras muy diversas, que poseen evidentemente la impronta del consumo, del proceso tiempo y del uso.

No hay duda que el espectador que logre penetrar la tensión informativa, abierta, de esta obra, sentirá adentrarse en una dimensión diferente a la del resto de la muestra. El objeto base, un canasto de pescador que sirve de soporte a la trama de textiles y fibras varias, no tiene ninguna utilidad visible, pero podríamos definir su función como fundadora de códigos capaces de estimular reacciones inconscientes, de expresar situaciones psicológicas complejas.

El valor evocativo, la intencionalidad constructiva, la voluntad de dar forma a los elementos sin otorgarles autonomía, son algunas de las razones por las cuales la obra de Nora Correas es, en este salón, una auténtica excepción capaz de señalar la validez artística del arte textil.

El primer premio fue otorgado a Martha Forte, el segundo a Ernesto de Castro, el tercero a Rosa Chernoff. Las menciones correspondieron a Deborah J. Michan, Felisa Eva Federman, Rosa Arena y Dora Guidali Mirandola.

Como invitada de honor expone un conjunto de sus obras Silvia Sieburger, quien obtuvo en 1980 el Gran Premio de Honor.

La muestra se exhibe en las Salas Nacionales de Exposición, Posadas 1725.