Por Jorge López Anaya


Ora pro nobis se presentó por primera vez en Arco, la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid, al cumplirse los 500 años de la conquista de América. Esta obra es una gran barca, construida con pergamino tenso, coronada por una construcción de techo a dos aguas. Cincuenta corazones se guardan en ese santuario, suerte de thesaurus griego. Muchos animales, reptiles y aves, como en el arca que Yavé encomendó a Noé, asoman sus cabezas por la borda. Las mieses, una espada rota y un símbolo solar completan el conjunto iconográfico.

Conocemos muchas historias de barcas: El arte y la literatura recuerdan con frecuencia La nave de los locos que surcaba tranquilos ríos y canales. Empero esta barca de Nora Correas, más que la búsqueda de la razón, tematizada en aquella antigua tradición de los navíos peregrinos, parece remitirnos a los valores precristianos de la barca y de las aguas.

Recordemos que Noé enfrentó con el Arca al Mar de la Muerte, en el cual la humanidad pecadora fue aniquilada. Es necesario retener los lazos que tiene el agua con las ideas de la creación: el diluvio regenera la vida histórica. También el agua es un signo cosmogónico; el agua de la vida es una fuente mítica, en ella reside el vigor y la eternidad, aunque su búsqueda implica grandes trabajos y riesgos. Los corazones pueden simbolizar la vida transcurrida, y el navío los tiempos que faltan recorrer. Sin embargo, es innegable que en Ora pro nobis existen otros sentidos decisivos: el tema de los animales sudamericanos en extinción. La obra tiene referencias conservacionistas. Se habla de la reivindicación de la naturaleza, de un homenaje a la América prehispánica. Lo confirman, en el navío, los símbolos del sol (lo americano) y la espada (la conquista). Esto, por supuesto, no agota la contingencia de la experiencia estética.