Por Silvia Benchimol
Nave Cultural, Mendoza, diciembre 2011


El ingreso a la muestra de Nora es un pasaje, o mejor expresado: un ritual de pasaje que quiebra la continuidad de la experiencia ni bien es traspuesto el umbral. El impacto sensible, variedad de materias suntuosas, colores y texturas marcan un cambio sustancial en la subjetividad, sin embargo, no determinan una imposición visual a la libertad interpretativa individual. Las figuras se despliegan entre polisemias y paradojas.

Antes de recorrer las obras, hay que decir que el montaje es excelente: clima, estructuras, textos, señalización, no constituyen una escenografía coyuntural, aportan sentido. Crea penumbras que se desplazan como pantallas traslúcidas y vaporosas que funden la distancia. El espacio se disuelve entre el negro opaco de las estructuras prismáticas, muros, cubierta, la acuidad de vidrios y resinas. En realidad, el elemento arquitectónico fundamental del espacio es intangible: luz dirigida. Desde lo alto caen hacia las esculturas cilindros luminosos que las hacen emerger de las sombras con estallidos multicolores, plenos de energía formativa. Demuestran la funcionalidad múltiple de las prácticas artísticas de Nora referentes a sus instalaciones: verdad, crítica inconformista y ficción de calidad estética fuera de normas. “En las instalaciones, yo protesto” (El velo de las formas, 2010). Protesta y deslumbra con sus enunciados siempre incómodos para algún sector social.

Comenzar por las paradojas podría ser una opción dentro de las probabilidades hermenéuticas. Tal vez, apostar a la reconstrucción del horizonte originario de producción de obras, descifrar el proceso de combinatoria poética de la artista. Y aún más: detenerse en la ambigüedad semántica –que no es el juego infinito de asociaciones libres-. Y, si es posible, descubrir la matriz imaginaria.

A continuación, desplazarse, ver y escuchar otras resonancias poéticas, alrededor de los visitantes: “Es una piel, las esculturas vaciadas por dentro son pieles”, “trajes-atributos”, “tienen algo del hombre–pájaro mexicano, de hombres-dioses”, “parecen construidas por acumulación de entidades diversas…”una totalidad antropomórfica-surreal”, “recuerda el arte plumario”, “¿alegoría de la historia del planeta?”, “Es activismo en la ecología”.

Recuerdos del futuro, el título de la exposición, es una paradoja de temporalidad. Conmueve al pensamiento con movimientos de retroproyección y prospección alternados, mientras el presente queda suspendido en el instante, en una anomalía de la memoria parecida al anacronismo. Nora ve la forma del tiempo en ciclos en donde cada revolución que transporta de una era a otra, posee una situación relativa equivalente y hasta podría ser semejante, nunca idéntica. Propone una correspondencia entre el origen y el fin, que no lo es porque en cada uno germina un renacimiento. El gesto casi circular de la reflexión no enclaustra a la imagen, ni a la reflexión, conduce a la desesquematización.

En el complejo emplazado se observan estrategias de dialéctica visual entre forma-vacío y forma-materia, de recurso a la cita intertextual en imágenes extraídas del memorial de la historia de la cultura acumulado a través de las edades: choques entre visiones del mundo, dominación tecnológica, poder arbitrario, guerra, destrucción de la naturaleza, hipótesis de condiciones de vida diferentes con el fin de conservar su continuidad. Para sobrevivir en el nuevo mundo, las fórmulas de la propuesta artística parecen señalar: refugio, adaptación, solidaridad con formas de vida diversas.

El recorrido de la muestra se puede hacer indistintamente en dos sentidos, haciendo coincidir inicio y final adelante, izquierda o derecha, Modelos para un mundo sumergido y la Capa del amo, respectivamente. Entre los dos complejos escultóricos, una forma a escala menor, aislada y acéfala, exhibe una “entropía” dialéctica, entre su interior vaciado y la membrana exterior (que conserva la forma humana del contenido “extraído”). Es la “metáfora matriz” exteriorizada. Podría decirse que preludia la serie de sus variaciones logradas mediante transfiguraciones cromáticas y de texturas en superficie.

La multiplicación de la matriz se despliega en figuras encerradas dentro de las horadaciones transparentes de los prismas. En ellas dominan la mezcla de imaginarios, mineral, aéreo, acuático, vegetal, y estados proteicos de la vida combinados para configurar entidades antropomórficas, sin cabeza, sin manos ni pies. Podrían interpretarse como diseños “potenciales”, autogenerativos por redundancia simbólica de analogías reminiscentes de una mónada, unidad cósmica entre seres tan diferentes y similares, como una geoda, los anillos de crecimiento de un árbol, las ondas en el agua, el humo o el vapor enredados por el viento. La misma o parecida solución plástica se distribuye por igual en los dibujos de alas de mariposas y de aves, en los pectorales, en el intercambio de escamas –de pez, reptil o piedra-, plumas tornasoladas, caparazones, nervaduras columnares y prolongaciones.

Subrayar el procedimiento de permuta o inversión semántica entre las entidades que integran las figuras, tal vez aporte algo más a la interpretación: brazos-apéndices queratinosos, cuernos, escamas, plumas, pieles de hombre-reptil, hombre-pájaro, hombre pez, hombre /mujer cactus. En síntesis, seres híbridos, forma y género no estabilizado, predicen un futuro y pasado probables, en mutación. Los organismos gelatinosos que exhiben las vitrinas iluminados desde abajo –y desde arriba-, remiten a la fuente iconográfica de las ilustraciones de libros de ciencias biológicas, a la vida submarina, sus colores de fosforescencias, difracción lumínica, reacciones químicas varias.

Sólo algo más sobre los procedimientos y materiales usados creo de interés agregar. Es que la ambigüedad instalada por las elecciones poéticas en el proceso de configuración (paradoja, redundancia simbólica, permuta de sentido) comprenden la naturaleza del material, las técnicas e introducen con decisión al “enigma de la fabricación” entre los valores artísticos.

Los materiales usados no son neutros, poseen una “memoria” biográfica, histórica y estética, vinculación con la historia de vida de la artista y con su búsqueda de belleza, duración y “nobleza” en el tratamiento. Si bien no son materiales tradicionales de la escultura, su ductilidad y capacidad de transfiguración en manos de Nora producen huellas que proceden del inconsciente, significados poéticos multiplicados por conexiones y resonancias como los círculos en el agua perturbada por una piedra.

El regreso a “lo cotidiano” implica la reconstrucción de la experiencia, de la identidad, pero no es la vivencia cotidiana lo que se anhela recrear, sino la vivencia estética y simbólica del recorrido por la instalación. Dejar que esculturas y estructuras hablen a la imaginación, disolver internamente el contexto que es la zona más cercana a la neutralidad con la que Nora Correas convoca a participar en la obra. Después del tránsito por trazas temporales y topográficas, resta activar la nueva configuración “virtual” para reorganizar la subjetividad en relación con los relieves del espacio mapeado por símbolos, desestabilizado por la ruptura experiencial, y sobre todo, a través del distanciamiento de la simple percepción.