Por Corinne Sacca Abadi


El retorno a la ética en la obra de la artista argentina Nora Correas

Nuestra civilización está herida de violencia ciega. Llegamos al final del milenio asistiendo con indiferencia a la exhibición del dolor ajeno como espectáculo mediático, hasta crear síntomas de acostumbramiento. Mientras tanto, somos testigos impotentes o cómplices involuntarios del abuso cotidiano de los poderosos sobre el resto de las voluntades. A este estado de cosas se le suma la frustración del hombre contemporáneo por la caída de los grandes relatos de la modernidad y últimamente, los intentos de suturar los destrozos de la experiencia fragmentadora de la posmodernidad. A pesar de este panorama desalentador, nuevas voces revitalizan la esperanza de lograr una sociedad más equitativa y solidaria. Desde la filosofía se anuncia que “El siglo XXI será ético o no será”. El llamado retorno a la ética produce expresiones paroxísticas en el terreno del arte.

Nora Correas es una artista argentina preocupada desde siempre por los efectos del abuso del poder, ha abordado en distintos trabajos el tema de los animales en extinción, la problemática de la manipulación genética y de la hipertrofia de la razón.

En esta oportunidad, Correas presenta una instalación en la que tres elementos escultóricos de gran tamaño semejantes a chalecos-armaduras erigidos como antiguos monumentos, metaforizan la oposición entre el mundo terrenal con sus apetencias materiales y el universo espiritual. Lo orgánico y lo inorgánico, lo natural y lo artificial, la vida y la muerte articulados con el tema del poder constituyen el eje de la obra. El poder es revisado en tanto ejercicio despótico del que abusa de él, como en relación al sometimiento por parte de aquél que se ha otorgado. La utilización de materiales pobre como alambres, cemento, resinas, hierro, y objets trouvés cargados de historia, le sirven a la artista para apelar a la memoria arcaica y poetizar la aridez, la austeridad de lo desprovisto.

Los chalecos, prototipos de los vestidos usados durante siglos, ofician de espacios protectores de tumbas destinadas a albergar el cuerpo material que es apenas sugerido. Pero la obra nos enfrenta con el cuerpo ausente, la realidad del cadáver nos ha sido ahorrado abriendo el juego hacia la pregunta por la trascendencia. La artista parece querer demostrar que más allá del poder operan la transformación constante que da sentido a la existencia.

Pequeñas hormigas negras deambulan entre una y otra pieza escultórica cumpliendo con el ciclo biológico. El chaleco-armadura principal tiene en su interior varias plataformas concéntricas que se elevan hasta el extremo superior donde se aloja una hormiga privilegiada, que si bien es igual a las otras, aparece magnificada ante nuestros ojos por efecto de una lupa estratégicamente ubicada. La sociedad necesita idolización de ciertos individuos elegidos para hacerse cargo de los ideales del grupo, luego, son entronizados y adorados por su poder, olvidando que en esencia son iguales a todos.

El ídolo es ante todo una gran figura imaginaria, se crea, utilizando la terminología de Sartre, en un hueco, que el ídolo viene a rellenar, de este modo sustituye un deseo indefinible. La imagen idolizada logra una saciedad transitoria, dado que su presencia calma ilusoriamente las ansiedades de un sujeto que se vislumbra como incompleto, fisurado, limitado. Y que reniega de tal condición.

Estos insectos son especialmente aptos para expresar cuestiones ambiguas. Desde la antigüedad remota, las hormigas han fascinado a los hombres por su organización social y su sofisticada laboriosidad. Son consideradas virtuosas a causa de ciertos hábitos sociales altamente valorados en la sociedad, aunque no estén exentos de cierta ambigüedad, como la previsión, la obediencia, la eficacia, la tenacidad, la decisión para actuar en defensa del grupo frente a los enemigos. Como contrapartida, los insectos devoran todo a su paso, proliferan invadiendo y disputándose con las personas y entre sí, el derecho de posesión de los espacios. Las hormigas son incapaces de traicionar (y traicionarse) porque desconocen el individualismo y la incertidumbre tan propias del alma humana. Son el ejemplo más acabado e inquietante de cómo funciona el instinto por encima de todo, de este modo, los insectos resultan más aptos para la supervivencia que los llamados seres superiores. Las hormigas nos representan en cuanto ejemplifican los modos de alienación del individuo en grupo y la fuerte tendencia a automatizarnos que compartimos con ellas. Las respuestas instintivas rigurosamente cumplidas son eficacia científica por las hormigas, no logran ocultar su condición de seres absolutamente privados de la libertad de elegir la desobediencia. Funcionan como verdaderos ejércitos, “lo pequeño multiplicado al infinito me produce desasosiego” dice la artista a quien las hormigas no le despiertan rechazo y teme más a la capacidad autodestructiva humana que a los destrozos que producen los animales.

La obra de Nora Correas nace de las preguntas sobre el sentido de la vida y la muerte, la cuestión de la existencia material y la trascendencia espiritual y tematizan el problema de la libertad y el poder. La artista enciende una señal de alarma sobre el futuro de la humanidad. Vivimos mirando sólo lo inmediato – y como se sabe que los árboles impiden ver el bosque- la obra “Con los ojos abiertos” opera como advertencia. Nora Correas propone reflexionar sobre el futuro de nuestro planeta y el de la humanidad. Si a la manera de las hormigas laboriosas continuamos ciegamente acatando nuestros impulsos básicos y cumpliendo el mandato salvaje de la ley del más fuerte (difícilmente cuestionable en la naturaleza, pero aberrante en nuestra civilización) el futuro se presenta desolador.

La irreductible discontinuidad entre lo real de la naturaleza y lo subjetivo destinado a mantenerse inconciliable logra tender un puente entre dos orillas a través de la obra artística. Loes etnólogos describen una función denominada “entre” que se constituye como un puente que atraviesa el abismo, sin anularlo. La obra cumple esa función de puente entre dos irrepresentables y construye allí su materia, siempre en los intersticios, en los bordes del vacío. A propósito Francis Bacon decía que “Nada es más vasto que las cosas vacías”.

Las eternas hormigas representan y testimonian a la muerte y también a la clásica aspiración humana a la inmortalidad. El anonimato de los insectos en su conjunto nos remite a la supervivencia de la especia, pero el precio de la falta de libertad, y los chalecos-armaduras aluden al vacío de un cuerpo ausente, aunque ofician de tumba, de última morada. El arte como los sueños y los mitos utilizan imágenes polisémicas condensando contradicciones que desde la lógica aristotélica serían inaceptables. Así, los opuestos coexisten simultáneamente en la obra como en lo inconsciente en versiones complementarias.