Por Corinne Sacca Abadi

Sobre la muestra Aquí, Allá y Ahora
Galería Daniel Maman, 2003


La banalidad del mal
“El hombre, durante milenios, fue lo que era para Aristóteles: un animal viviente y, además, capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en cuya política se cuestiona su vida de ser viviente”

Vivimos tiempos bizarros. La sensación de achicamiento del mundo globalizado, y simultáneamente su oferta infinita nos enfrentan con una paradoja. La sociedad del espectáculo sobre la que tempranamente advirtió Guy Déborad se ve desbordada por el absurdo denunciado por Gianni Vattimo de crear una sociedad transparente atravesada por el vértigo de las comunicaciones.

Millones de seres circulan desconcertados e inmersos en un oscurantismo resplandeciente. En la confusión se prefiere la imagen a la cosa, la reproducción al original, la representación a la realidad, las apariencias al ser. La vida ha perdido valor.

Una vivencia de errancia y desamparo tiñe la cotidianidad, ya sea en el ciberespacio o en los territorios en disputa desde hace siglos, en los que ejércitos suicidas exponen al planeta a sufrir la mayor de las catástrofes para defender causas tan confusas como contradictorias.

El más peligroso de los males ha resultado ser su misma banalidad, la banalidad del mal nos involucra a todos: es la indiferencia con que aceptamos el horror.

La experiencia artística invita al conocimiento, ofrece elementos que nos ayudan a pensar y a comprender el mundo, y arroja un cono de luz sobre nuestra interioridad. La obra penetra áreas de nuestra experiencia conectadas con el dolor y también con vivencias gozosas de gran intensidad. Cumple una función de unión al promover el deseo de comunicarla o compartirla con otros. La vida y la muerte, lo bello y lo siniestro, lo ordinario y lo extraordinario se conjugan en la obra.

Lévi-Strauss describió al artista como un antropólogo, o mejor aún, como un etnógrafo que estudia el campo específico de la cultura de su tiempo. Podríamos agregar que trabaja como un sismólogo que registra, además, los movimientos, vibraciones y oscilaciones que tienen lugar en el interior de la tierra. Se trata de la captación intuitiva de ciertas cuestiones que sobrevuelan en el aire o que subyacen en la sociedad y que los artistas tienen la capacidad de capturar para trabajar con ellas. No necesita ser profeta, le alcanza con captar y reconocer aquello que vibra en el aire de todos y transformarlo en obra.

La obra de Nora Correas se inscribe desde sus inicios en la recuperación de la ética y del cuestionamiento crítico. En los tiempos de la dictadura en la Argentina abordó la temática de la represión y sus efectos en la sociedad, con sus esculturas blandas exentas de narración, poetizó aquel texto del que no se podía hablar. Los tópicos que recorren la obra actual de Nora Correas nacen fundamentalmente de sus reflexiones en torno a los abusos de poder, a la indolencia de las mayorías avasalladas que niegan su situación de sometimiento ante los intereses de los poderosos, a la aceptación pasiva de la violencia y las guerras orquestadas por una civilización depredadora, a la añoranza de seres dignos capaces de luchar contra el absurdo.

Intuye la artista que la prescindencia de la espiritualidad va de la mano con el desprestigio del humanismo. La cruza entre estupidez y soberbia, tan humana, nos condena a la manipulación mediática y política con sus efectos de infantilización en la gente que ya no intenta descongelar su derecho a la libertad de información. La comunicación total es centrífuga y opera contra sus mismas premisas, produce una sustitución mediática de los acontecimientos, la censura de la historia y su reemplazo por una imagen sesgada, fragmentada del universo.

Vivimos en la indiferencia. Utilizamos los mismos mecanismos que los psicóticos: ya no nos alcanza negar lo evidente, apelamos a una renegación, a la forclusión. La realidad rechazada es reemplazada entonces por un relato, ¿delirio?, un discurso que intenta explicar lo inexplicable.

Como argentinos nos toca ahora, luego de la más feroz de las crisis, la patética comprobación de haber sido utilizados como conejillos de experimentación por economías omnipresentes a las que nos entregamos alegremente en pos de una ayuda (promesa de entrada a paraísos artificiales) devenida pocos años después en una onda expansiva que nos arrojaría fuera del sistema. Es claro que la corrupción y la conexión local fueron condiciones indispensables.

…O viceversa
Desde la calle, aún antes de entrar al espacio de exposición, vemos dos manzanas instaladas sobre una base contra el cristal de la galería. Una segunda mirada nos permite reconocer las diferencias. Una es de barro cocido y ha sido pintada para que parezca real, la otra es una manzana verdadera. De este contrapunto surge que la más atractiva es inservible para su función específica: apaciguar el hambre. En cambio, el fruto más codiciado resulta ser falso, pura seducción. Nada es tan simple. Mientras la manzana verdadera sufre el natural proceso de descomposición, la otra proyecta inmortalidad. La artista deja al descubierto la estupidez típica que nos caracteriza a los humanos y apuesta a que entre la realidad y la ficción, nuestra preferencia caerá del lado de las apariencias.

La caída
Dos escaleras apoyadas contra la pared se van transformando: sus primeros peldaños de hierro devienen de madera y los últimos tramos se tornan en escalones de acrílico transparente. A medida que la materia se eleva pierde densidad, se vuelve etérea. Bella metáfora para referirse a los riesgos del poder, pareciera que cuanto más arriba llegamos, y más poder acumulamos, la cercanía con los dioses nos convierte en Ícaros cuyas alas se derriten por la acción del sol.

Presión
Las armaduras, los chalecos, las corazas devienen en un significante sobredeterminado que marca las carencias del sujeto.5 Esta serie iniciada en 1990 aporta hoy nuevas versiones. Una armadura gris en cuyo interior se apilan hasta el agobio las cuchillas de hierro. La materia herida es perforada por chapas metálicas ondulantes que se clavan como si atravesaran un cuerpo. Hay quiebres, cicatrices y suturas diseminadas por la superficie de la coraza. Las corazas son también huellas de la desaparición, de la ausencia; quedan como monumentos recordatorios que evocan cuerpos vaciados; vaciados de sentido, de coraje, de vitalidad.

1+1=1 es una armadura de grandes dimensiones cuyo interior cobija un lingam, tótem que condensa los aspectos femeninos y masculinos. Gris por fuera, su interior está revestido de aluminio. Otras piezas cuya transparencia connota ausencias pueden albergar panes, un cuerno, un cerebro, o un cerebelo de resina negra. Un esqueleto de alambre cubierto de resina deja al descubierto la estructura desierta, dos cajas la encierran a la manera de las cajas rusas. Los chalecos-armaduras aluden al vacío de un cuerpo ausente y ofician de última morada. La artista parece sugerir que más allá del poder imaginario que los hombres ejercen en su omnipotencia, hay otras fuerzas que operan la transformación constante del universo que otorga sentido a la existencia.

Varios de sus trabajos comparten el mismo espíritu de las instalaciones de la escultora polaca Magdalena Abakanowicz (1930). Como ella, realizó sus primeras obras en el arte del tapiz, expresión privilegiada para lograr una comunicación visceral, orgánica y comprometida con las ideas. Artista de múltiples recursos técnicos y artísticos, es notable la relación que mantiene con los materiales que utiliza. Cuenta con una peculiar sensibilidad para trabajar manualmente con elementos reciclados y enhebrar pacientemente fragmentos de orígenes muy diversos para construir con ellos una obra de gran síntesis. Del mismo modo, puede capitalizar lenguajes y estéticas opuestas, crear obras absolutamente acromáticas, de corte minimalista con materiales fríos, como el acero o el espejo, y con textos que apuntan a poner énfasis en el concepto.6 Por otro lado el tratamiento que da a los pigmentos naturales con los que tiñe y colorea su obra le otorga un sello personal e inconfundible.

Oropel verde
Una de las grandes paredes de la sala desaparece detrás de una serie de paneles cubiertos por grandes moscas. Bellísimas, matizadas con colores verdes, azules, dorados, se constituyen en el fondo sobre el que se destaca una muñeca antigua, desnuda, frágil aun dentro de una caja de cristal. Inequívocamente, la corrupción amenaza, avanza, ocupa los espacios, se viste de colores atractivos. ¿Puede una criatura resistirse?

Nora Correas utiliza resinas traslúcidas para realizar sus moscas, luego las pinta con colores fluorescentes, matiza los azules con verdes perlados y metalizados. La antigua muñeca testimonia a la mujer carente y desprovista, desnuda frente al poder de los hombres. Panofsky7 señala que en la Biblia y en literatura romana, la imagen de la desnudez era censurada por su impudicia. La alegoría de la verdad, representada por una mujer desnuda, surge en 1350, pero recién en el Renacimiento y durante el Barroco, esta imagen se convierte en la personificación más popular de la verdad. La muñeca invoca la inocencia frente al poder. Las moscas han quedado asociadas con la corrupción de los cuerpos vivos y por extensión aluden a la corrupción del cuerpo social vinculada a la política y al dinero. Ya los clásicos españoles le daban a la mosca el sentido de dinero, que tiene en el lunfardo entre nosotros, Quevedo da consejos a sus lectores de guardar la mosca, tal vez porque igual que el dinero, llega y se va volando. La palabra corrupción deriva de corromperé. Se aplicó primero a los cadáveres como equivalente de descomponer o pudrir, hoy significa pervertir y, también, comprar los favores de los funcionarios públicos.

En el centro de la sala, un gran recipiente con petróleo y agua sobre una base de acero inoxidable reflejante. Siete cráneos trabajados en resina con objetos adentro representan la violencia, la codicia, la velocidad y el vacío. La violencia es causa de la desgracia. La velocidad impide el desarrollo del pensamiento y consume la experiencia de la vida, la codicia apunta a recordar las consecuencias de la voracidad y la desmesurada ambición. El vacío evoca lo que queda una vez muertos los dioses, un vacío ontológico y de sentido de la existencia.
Nuestra ignorancia es hija de la velocidad, sus efectos más visibles son la pérdida de la memoria y la superficialidad de los vínculos, la estupidez que suele ir acompañada de la soberbia.

Si el petróleo se ha convertido en la medida de todas las cosas, ¿dónde está el sujeto? ¿Quiénes somos? ¿En qué nos hemos convertido nosotros?

Tres grandes cajas de vidrio contienen arena dispuesta en diferentes capas, hay piedras y pigmentos negros en un contexto de ocres, tierras, rojos. Son cortes geológicos que recrean el larguísimo proceso de los restos orgánicos originarios hasta su transformación en petróleo y la explotación del hombre. En la obra de Correas, la negrura del petróleo ha virado hacia un rojo oscuro, sanguinoliento.

Los maderos de San Juan
Una mesa de madera perforada en su centro, debajo hay una pila de panes transparentes, elementos básicos para la supervivencia negados, ausentes.

La presencia de la sal que recubre la superficie de la mesa aporta una rica simbología en su ambigüedad; la sal de la vida como atracción y sentido de ella y como acicate en las heridas, el hambre en este caso.

El título de la obra recuerda una vieja canción que denota la falta de piedad y el sadismo practicado con aquellos a quienes no se considera semejantes, los maderos no son personas, no forman parte del género humano, ni siquiera son esclavos, no reciben la consideración solidaria propia de la especie. ¿Por qué se enseñan canciones tan crueles a los chicos? ¿Y por qué los chicos las adoptan con naturalidad?

Platos nacionales
En Masticando vidrio vemos una fuente de vidrio molido con una campana de vidrio protectora. Tragando sapos es una fuente de empanadas de resina transparente con sapos adentro. Fina ironía para plasmar expresiones populares tan argentinas.

Un antiguo artefacto para fumigar hormigas encontrado en un mercado de cosas viejas le resulta útil a la artista para desencadenar su obra. La estructura tubular de 1,20 m tiene un cartel que reza “mata-hormigas argentino” y lleva pintada originalmente la inconfundible bandera de los Estados Unidos de América. Una comunidad de pequeñas hormigas absolutamente negras salidas del tubo se han acomodado formando el mapa de la República Argentina.

El arte, como los sueños y los mitos, utiliza imágenes polisémicas condensando contradicciones que desde la lógica aristotélica serían inaceptables. Las eternas hormigas, en su ambigüedad, representan a la muerte (junto al cadáver), pero también su presencia puede simbolizar la aspiración humana a la inmortalidad. El anonimato de los insectos en su conjunto remite a la supervivencia de la especie, si bien al precio de la pérdida de la libertad y la alienación. Desde la antigüedad remota, las hormigas han fascinado a los hombres por su organización social y su sofisticada laboriosidad. Nos representan en cuanto ejemplifican los modos de alienación del individuo en el grupo y la fuerte tendencia a automatizarnos. Las respuestas instintivas, rigurosamente cumplidas con eficiencia científica por ellas, no logran ocultar su condición de seres absolutamente privados de la libertad de elegir la desobediencia.

En el espacio superior de la galería el espectador se encuentra con Manipulación. Se trata de una instalación que incluye ratas blancas de laboratorio, dos series de fotografías y textos. Sobre las paredes de la sala, la artista transcribe un fragmento de 1984 de George Orwell al que le ha agregado signos de interrogación.

¿La guerra es la paz?

¿La ignorancia es la fuerza?

¿La esclavitud es la libertad?

¿Cuántas veces más nos van a contar que es necesario hacer una guerra para “ganar” la paz? Las nuevas formas de esclavitud se combinan con una peculiar manera de ignorar.

Una serie de fotografías cuyas imágenes sufrieron intervenciones digitales le sirven a la artista para poner en escena el tema de la manipulación de la información. Es tan fácil caer en la fascinación de la imagen, tan vertiginoso el ritmo que, incapaces de pensar, quedamos capturados. La comparación con animales repulsivos nos ubica en un lugar de humillación que desearíamos evitar. Una de las fotos retrata el primer plano de una rata parada en sus patas traseras, tomada de los barrotes de la jaula, sus ojos denotan una ansiedad dramáticamente humana. ”Me identifico con ellas”, sostiene Nora Correas. Las imágenes pierden gradualmente su nitidez, se tornan confusas, ambiguas.

Vivimos en una falsa libertad, en democracias condicionadas y economías salvajes.

Olvidamos la censura de los medios, las sutiles y tramposas maneras de administrar la información en función de los intereses dominantes. Para confirmarlo alcanza con recordar la cobertura periodística de las últimas guerras y ataques terroristas. La censura es parte de la política de Estado y nadie parece preocuparse demasiado por ello. Los espectadores son tratados como niños a los que los gobiernos protegen del horror de la realidad.

Su instalación nos hermana con las ratas de laboratorio: todos somos víctimas de otros más poderosos que necesitan mejorar sus propias condiciones. Lo hacen poniendo a prueba a otros que experimentan las medicinas y toman los riesgos. Impresionante destino el de las ratas blancas criadas para fines “científicos”: terminan convirtiéndose en alimento de serpientes, enjauladas también e impedidas de proveerse solas su sustento.

La Argentina fue convertida durante los años pasados en los conejillos de indias de los gurúes de un liberalismo económico salvaje, disimulado bajo un discurso triunfalista y cínico. ¿Cuántos países pudieron acumular una deuda como la nuestra y cuántas voluntades hicieron falta para lograrlo?

Las ratas han salido temerosas de las jaulas, se diría que perciben mejor que nosotros el peligro. Cierto orgullo nos impide reconocer la condición de prisioneros, hace falta coraje para enfrentar la resignación y la impotencia.

Aquí y allá, ahora titula Nora Correas su última exposición. Es un dato irreductible que desde los tiempos del canibalismo tribal la condición humana no ha cambiado, y sin embargo, sigue siendo la ambición de artistas y poetas sensibilizar conciencias y promover transformaciones. Un desafío, y tal vez una posibilidad.