Por Irma Arestizábal


Sobre la muestra de Nora Correas en el Centro Cultural Recoleta

“¿Como es realmente la ciudad bajo este conjunto de signos, qué contiene? ¿Qué esconde?, el visitante sale de Tamara sin saberlo. Afuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre cree reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante”
Italo Calvino, “Le città invisibili”

La reflexión y sacudida de los sentidos que despierta la visita a los “templos” situados en el “santuario” que Nora Correas crea en esta exposición, nos llevan a interrogarnos sobre el lugar y el papel que cada uno de nosotros representa.

¿Por dónde empezar? Quizá por las sensaciones, quizá por las contextualizaciones; de repente, por la distancia crítica. Cualquier método de lectura es posible y siempre podemos utilizar otro diferente… Y el juego vuelve a empezar.

Como una Ariadna contemporánea dedicada al hilado y al tejido, Nora “teje” formas que son choza sin habitantes, templo sin dioses, gruta acogedora, caverna arquetípica, receptáculo de energía, armadura vacía,… Vacíos que son un espacio potencial, no un no-espacio. Vacíos que llaman la atención sobre la, cada vez más marcada, ausencia del hombre. Armaduras de diversos materiales nos hacen pensar en caparazón de bicho, en corazas de samurái, de caballero medieval, de androides de un futuro no tan lejano. Se forman como un ejército sin jefe, como el conjunto de figuras de cerámica de Qin Shi Huang, como actores de La guerra de las Galaxias. Todos iguales y al mismo tiempo con pequeñas diferencias de factura que los distinguen: es el tejido, la urdimbre, el nudo, el vidrio, el toque de pigmento, los que dan forma a estas formas y a estos espacios.

Espacios que, como el útero o el athanor1, son capaces de hacer crecer nuevos seres. EN término de alquimia, sería un espacio donde la Materia Primera puede ser encontrada. Un espacio simbólico más que científico, donde todo es posible.

La obra de Nora Correas parece ligada a esa tendencia que Lucy Lippard identifica en el trabajo de muchas mujeres artistas que incluyó en su exposición Eccentric Abstraction (1966). “Una densidad uniforme en la textura, a menudo sensorialmente táctil y repetitiva …la preponderancia de formas circulares, focos centrales, espacio interno”2.

Sus objetos evocan las primeras técnicas utilizadas por el hombre y emergen de variedad de significados: simbología hindú, pensamiento mítico hebreo, temas cristianos, operaciones simbólicas. A menudo, como en los Lingas encontramos la representación de lo masculino y lo femenino, falo y vagina. Principios del género vistos como fuerzas complementarias que crean y cambian el universo con su interacción, alegorías de los aspectos contradictorios del espíritu.

En India el color significa una divinidad presente en toda la materia. En el África negra es un símbolo religioso, en las tradiciones islámicas está impregnado de creencias mágicas.

En la tradición cristiana el color es una participación de la luz. Para Yves Klein el pigmento representa el espíritu. Siendo polvo, no tiene una forma material sólida. Puede ser arrojado al aire y se convierte en nube, rocío o volumen de luz.

Anish Kapoor afirma que el color tiene la habilidad de transformar las cosas en otras cosas. Nora Correas también usa los pigmentos sobre sus terrosas carcazas. Predominan las tierras, asociadas desde siempre a la Madre Tierra, a la materia prima, al Sur.

Las pocas veces que Nora sale de los pigmentos terrosos utiliza el azul inmaterial y profundo. Volviendo, por otro camino, a tratar de la unión de los opuestos: el ying y el yang, lo masculino y lo femenino, lo pasivo y los activo, la existencia del hombre y su ausencia.

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1. Para los alquimistas atanor es una matriz en forma de huevo donde se operan las transformaciones. En sus aguas flota el espíritu del mundo, el espíritu de la vida que el alquimista debe conseguir, poseer.

2. Lucy Lippard, From The Center, Feminist Essays on Women’s Art, New York, R. P. Dutton, 1976